Tinta Judicial
Sábado 23 de Septiembre de 2017

El derecho de propiedad intelectual

Dr Gabriel Sagastume

Gabriel Sagastume, abogado y ex fiscal de La Plata

"Borges, Kodama y Kachadjian: el caso Aleph", por Gabriel Sagastume. Abogado. Fiscal retirado, para Tinta Judicial

En estos días ha tomado estado público la controversia planteada en torno al proceso judicial iniciado por la señora María Kodama de Borges contra el escritor Pablo Kachadjian. La cuestión surgió a partir de la publicación del cuento “El Aleph engordado”, obra del escritor de apellido armenio, en el que “intervino” el cuento famoso de Jorge Luis Borges, al engordarlo con palabras propias. Es decir, copió textualmente el original y le agregó en distintas partes su propia obra. Fue una edición de autor de doscientos ejemplares de tirada.

El episodio parecía haber quedado en el olvido porque Kachadjian fue sobreseído por el primer juez que intervino en la denuncia. Pero la querellante apeló y sustuvo que contra lo que el propio imputado aclara en la segunda posdata del cuento, donde dice que “el texto de Borges está intacto pero totalmente cruzado por el mío, de modo que, si alguien quisiera, podría volver al texto de Borges desde éste”,  no aclara “dónde y cómo jugaba la experimentación... no lo aclaraba antes, en un prólogo, ni lo aclaraba luego, en el desarrollo del texto”.

La calificación sustentada es la de violación del derecho de propiedad de acuerdo a lo previsto en la ley 11.723. Esta ley protege todos los derechos de propiedad intelectual, tanto literarios como científicos, las obras de artes plásticas, cinematográficas, composiciones musicales, programas de computación, “toda producción científica, literaria, artística, didáctica, sea cual fuere el procedimiento de reproducción”.

En la literatura existen muchos ejemplos de “homenajes”, donde se copia a autores consagrados; “intertextualidades” donde a veces no se aclara que se están insertando palabras ajenas en obra propia; y ejercicios lingüísticos como éste, donde el autor parece mostrar una cierta habilidad: la de lograr emparejar sus propias palabras a las del genio de Borges.

Si leemos con detenimiento y quizás una dosis de malevolencia el cuento engordado encontramos esta frase:

“... curiosamente, esos rasgos engordados resultan mucho más atractivos que los finos y filosos originales...”

Nos podrán acusar que está sacada de contexto, pero nos llama la atención.

No parece que la viuda de Borges busque un interés comercial; ha trascendido un ofrecimiento de desistir de la denuncia si se hace desaparecer la obra y se paga una suma simbólica. Además es muy fácil bajar gratis una copia del cuento de Borges de internet, como también del Borges engordado de Kachadjian.

Es evidente que el apoyo casi unánime que ha recibido el imputado por plagio por parte de reconocidos escritores, demuestra que debe revisarse el sistema que protege los derechos intelectuales, cuando hoy ya casi nadie paga por la música que escucha y es muy sencillo bajar libros gratis de todo tipo de la red.

El propio Borges, en vida, nos dejó quizás una pista de su opinión al escribir su genial cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde el protagonista escribe el libro de Cervantes exactamente igual que el original, pero aclarando que se trata de su lectura,  de la transcripción de lo que él leyó, así propone la idea de que cada lector es autor de su propia obra: lo que ha leído.

Tengo un ejemplar de “Galápagos” un libro de Kurt Vonnegut (novelista estadounidense) editado por una editorial de la ciudad de Rosario que dice en la página uno vuelta, donde habitualmente se deja constancia de la reserva de los derechos de registración que “todo lo que está en este libro puede reproducirse sin pedirle permiso a nadie. Luche por una cultura libre y en contra del derecho de autor (mentira capitalista). La fotocopia y el compartir no es delito. Las leyes sí son delito de lesa humanidad. Vonnegut hubiera estado encantado con esta edición.”

Si llegar a esta cuasi definición ideológica contra el derecho de propiedad, hay escritores que dejan constancia de que sus obras pueden ser reproducidas y difundidas por cualquier medio, citando la fuente. Lo que nos habla del reconocimiento de que resulta, por lo menos impráctico, impedir las copias de las obras literarias. O que al autor le interese que su obra llegue al mayor público posible, aunque no redunde en un beneficio económico.

 

 

 

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